A los 35 años le diagnosticaron un cáncer de mama. Durante un tiempo no podía cargar una bolsa de la compra ni reconocerse frente al espejo. Más de una década después, Eva Pérez acaba de proclamarse campeona del mundo de Kettlebell Sport (categoría 45-54) en Moldavia, con récord mundial incluido. Pero para ella, la verdadera victoria no está solo en la medalla: está en haber seguido adelante.
Eva Pérez todavía habla de su título mundial como si le hubiera pasado a otra persona. Se ríe, se emociona y repite que no termina de creérselo. Hace apenas unos días se proclamó campeona del mundo de Kettlebell Sport en Chisináu, Moldavia, y poco después recibió otra noticia inesperada: también había conseguido un récord mundial de repeticiones.
“Todavía me está costando asimilarlo”, cuenta. “La gente me llama, me felicita o por las redes sociales, y es como decir: ‘No soy yo, es que no me ha pasado a mí’”
Para quien no la conozca, Eva se define de una manera mucho más sencilla que cualquier titular deportivo. “Yo me considero una chica normal, muy sencilla. Intento hacer el bien a todo el mundo, intento conectar con la gente y ayudar”. Una mujer normal, dice ella, que acaba de lograr algo extraordinario.
Una vida feliz detrás del mostrador
Antes de que el deporte ocupase ese lugar tan importante en su vida, Eva tenía otro sueño cumplido: su propia pescadería en el centro de Gijón. Había empezado muy joven trabajando, primero en una panadería y después en una pescadería, donde descubrió que le encantaba el oficio, el trato con la gente y el trabajo con el pescado.
“Me empezó a gustar todo lo que era el trabajo de la pescadería, el hablar con la gente, el trabajar el pescado, me encanta y me encantaba”, recuerda. Con el tiempo, pudo montar su propio negocio en la Plaza del Sur. “Allí estaba contentísima y supergenial”.
Pero a los tres años de abrir la pescadería, algo cambió. Al final de un verano, se tocó el pecho derecho y notó un bulto. Había adelgazado mucho, pesaba poco más de 45 kilos y lo achacaba al trabajo, al estrés y a las horas que pasaba en la pescadería.
“Yo estaba incómoda, estaba rara”, explica. Tras acudir al médico, llegaron las pruebas y el diagnóstico: un tumor de cuatro centímetros y medio. Tenía 35 años.
“Yo no daba un duro por mí”
Eva pasó por sesiones de quimioterapia, cirugía, radioterapia y un tratamiento posterior que se prolongó durante año y medio, con quimio cada 21 días. Ella misma cuenta que, al principio, no lloró y trató de afrontarlo con entereza. Pero el proceso también dejó huella.
“Yo no daba un duro por mí cuando terminé con todo el proceso de medicación, de cirugía y todo”, reconoce. “Es más, estuve dos años mal, con una depresión y no quería salir de casa”.
No era solo el cansancio físico. También estaba el impacto de mirarse y no reconocerse. “Me veía fea, no me reconocía, una cicatriz en el cuerpo que no me apetecía verme. Mi pelo no era mi pelo, me había cambiado. Fue todo un poco como un shock”.
En medio de todo aquello, hubo dos apoyos que Eva menciona una y otra vez: su marido, Pascual, y su perro Leo.

Eva y su perro Leo, un galgo que adoptó durante su tratamiento
Pascual estuvo especialmente presente en uno de los momentos más duros del tratamiento. Eva recuerda que en la última sesión de quimio tuvo un bajón muy fuerte y no quería ponérsela. “La última tuve un bajonazo que me ayudó mi marido a ir porque no me la quería poner”, cuenta. Años después, al mirar hacia atrás, lo resume con una frase que muestra la importancia de aquel gesto: “Si yo aquel día le hubiera dicho a Pas: ‘No quiero más sesiones de quimio, me quiero quedar’, a lo mejor no estaría viva ahora mismo. Y ahora mismo estoy aquí”.
Leo llegó también en pleno proceso. Eva lo adoptó durante el tratamiento, después de enterarse de que iban a sacrificarlo en una perrera de Burgos. “Yo siempre digo que ahí está el amor de mi vida, pero el otro amor de mi vida estaba conmigo, se llamaba Leo”, cuenta.
“Me lo llevé para casa y él tiró de mí. Mi perro para mí fue un pilar fundamental”
El deporte como forma de volver a confiar en su cuerpo
La recuperación no llegó de golpe. Llegó poco a poco, con pequeños gestos que para Eva significaban mucho: mover el brazo, vestirse sola, cargar peso, no depender de nadie para las tareas más básicas.
“Si ahora no puedo con una botella de dos litros, cuando tenga 50 años, ¿qué hago?”, recuerda que pensaba. “Incluso ya la tontería más mínima de vestirte y limpiar. Asearte a ti misma”.
Uno de esos logros cotidianos, aparentemente pequeños, resume muy bien lo que supuso para ella recuperar movilidad y autonomía. “Esto parece una tontería, pero el poder abrocharte el sujetador atrás lo conseguí después de cuatro años de haberme enfermado”, explica. Para Eva, poder mover el brazo, valerse por sí misma y no depender de nadie volvió a ser una forma de reconocerse.
Fue entonces cuando se acercó a un box de CrossFit en Pola de Siero. No sabía exactamente qué iba a encontrar allí, pero llevó su informe médico y preguntó si podía hacer algo, aunque tuvieran que adaptarle los movimientos. Empezó con prudencia, siempre con recomendaciones médicas y de fisioterapia, y fue descubriendo que su cuerpo todavía podía responder.
La primera vez que levantó una kettlebell, sintió algo muy concreto: “Ver que podía”. No se trataba solo de levantar una pesa. Era comprobar que no se iba a quedar estancada. Que podía recuperar movilidad, fuerza y confianza.
“Fue como también decir: ‘Madre, ostras, puedo. Qué bien, he podido con esto’”
Con el tiempo, aquel primer contacto con las pesas rusas se convirtió en algo mucho más grande. Eva empezó a entrenar Kettlebell Sport, una modalidad que combina fuerza, resistencia y concentración mental. Aunque ya había tenido algún contacto antes, asegura que lleva entrenándolo “en serio” menos de un año.
Y en menos de un año llegó al Mundial.

Eva entrenando
“No son contrincantes, son compañeras”
Eva viajó a Moldavia con la selección española. Su prueba era dura: 12 minutos levantando la kettlebell sin soltarla. Ella fue con una idea clara, la misma que le habían repetido su entrenador y su seleccionadora: hacer su trabajo y disfrutar.
“Yo fui a lo mío”, cuenta. “No estaba mirando a nadie, no sabía cómo habían quedado mis compañeras», porque al final son compañeras también»
Al terminar, no sabía en qué posición había quedado. Pensó que quizá sería cuarta o quinta. Incluso se decía a sí misma que estar entre las diez primeras del mundo ya era algo enorme. Pero sus compañeros ya sabían lo que ella todavía no: había ganado.
Cuando escuchó su nombre en la entrega de medallas, reaccionó como quien no esperaba nada y de pronto se encuentra en lo más alto. “Lo primero que me salió, con perdón, fue: ‘¡Hostia, pero soy primera!’”.
Después llegaron las lágrimas, el podio y el himno.
Días después supo que, además del título, había conseguido un récord mundial de repeticiones.
“Lo mejor de todo fue el récord mundial que hice. Hice récord mundial de repeticiones, que me lo dijeron a los tres, cuatro días”
Una medalla que también habla de todo lo vivido
En lo más alto del podio, Eva no pensó solo en el deporte. Pensó en todo lo que había pasado hasta llegar allí. En los tratamientos. En los días en los que no quería salir de casa. En la sensación de no valer. En quienes tiraron de ella cuando ella no podía.
“Para mí es un sueño, es un logro personal y es un logro comunitario”, explica. “Pero sobre todo personal, porque yo, si te soy sincera, pensé que nunca jamás podría llegar a ser nada”.
Por eso, su historia no se queda en la imagen de una campeona con una medalla. También habla de una mujer que aprendió a reconstruirse sin negar lo vivido, pero sin quedarse atrapada en ello.
“Si aunque lo intentes no sale, no pasa nada, pero por lo menos lo has intentado y no te has quedado con la cosa de decir: ‘¿Y si hubiera?’”
Para Eva, esa es una de las grandes lecciones de su camino. Ganar un Mundial es extraordinario. Conseguir un récord del mundo también. Pero hay otra victoria más silenciosa y más profunda: haberse atrevido a empezar de nuevo.

Diploma acreditativo del récord mundial en repeticiones
“La vida es muy bonita”
Cuando habla de lo que le diría a alguien que está atravesando una enfermedad o un momento difícil, Eva no da grandes discursos. Habla desde lo que ella vivió. Recomienda buscar un apoyo, algo o alguien que ayude a tirar hacia adelante: una pareja, una amiga, una madre, un animal, una ilusión.
“Que busquen un apoyo en algo, en un animal, en su marido, en una amiga, en su madre, en algo, que vean que sí se puede y que la vida es muy bonita, que aunque nos pasen estas cosas es muy bonita”.
También insiste en la importancia del deporte, no solo como entrenamiento físico, sino como una forma de recuperar la confianza, conocer gente y cambiar la manera de verse a una misma.
“El deporte a mí me lo ha dado todo”, dice. “Ahora mismo no concibo la vida sin deporte”
Eva no quiere que su historia dé pena. Todo lo contrario. Quiere que sirva para recordar que incluso después de un golpe enorme pueden llegar cosas buenas. Que hay personas que acompañan, animales que sostienen, entrenadores que empujan con cuidado y sueños que aparecen cuando una ya pensaba que no podían aparecer.
Por eso, si hoy pudiera hablar con aquella Eva de hace 11 o 12 años, la que acababa de enfrentarse a lo desconocido, tendría claro qué decirle:
“Que para adelante, que hay que tirar, que solo se vive una vez y que hay que tirar. Que para adelante, que hay que luchar, que a veces no tienes ganas, que yo lo sé, pero hay que luchar, que te pasan cosas muy bonitas en la vida y que todo el mundo tire para adelante, que la esperanza es lo último que se pierde”.









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