Casey Harrell, paciente de ELA, se convierte en el primer usuario avanzado de una interfaz cerebro-ordenador que le permite comunicarse y trabajar

Casey Harrel, paciente con ELA avanzada

Casey Harrell, un hombre de 45 años con esclerosis lateral amiotrófica, ELA, ha utilizado durante 19 meses una interfaz conectada directamente a su cerebro para comunicarse y manejar su ordenador desde casa.

El sistema ha traducido sus intentos de hablar en texto y le ha permitido controlar el cursor mediante la actividad de su cerebro. Durante el periodo estudiado, Harrell comunicó más de 183.000 frases, participó en videollamadas, navegó por internet, envió mensajes y mantuvo su empleo a tiempo completo.


Los resultados se han publicado en la revista científica Nature Medicine. La investigación forma parte del ensayo clínico BrainGate2 y ha sido desarrollada por un equipo liderado por investigadores de la Universidad de California en Davis.

La novedad está en su uso diario y prolongado

No es la primera vez que una persona con ELA recupera una vía de comunicación mediante un implante cerebral. Otros equipos científicos ya habían logrado transformar señales neuronales en palabras o movimientos digitales.

La novedad de este trabajo es que la tecnología ha pasado de las demostraciones puntuales en el laboratorio a un uso frecuente, prolongado y casi independiente dentro del hogar.

El sistema combina tres tecnologías que han avanzado mucho en los últimos años: un implante cerebral de alta resolución, inteligencia artificial capaz de interpretar las señales neuronales y una voz sintética entrenada para parecerse a la que tenía el paciente antes de perder el habla.

Más de 3.800 horas de uso

En 2023, los investigadores implantaron cuatro conjuntos de 64 pequeños electrodos en una región del cerebro relacionada con los movimientos necesarios para hablar.


Cuando Harrell intenta pronunciar una frase, los sensores registran la actividad cerebral. Un sistema de inteligencia artificial analiza esos patrones y los convierte en palabras que aparecen en una pantalla. Al terminar la frase, el texto puede reproducirse con una voz artificial parecida a la suya antes de que la ELA afectara a su habla.


La interfaz también interpreta sus intentos de mover la mano para desplazar el cursor y hacer clic. Esto le permite utilizar el texto generado como si fuera un teclado y manejar distintas aplicaciones de su ordenador.

Durante casi dos años, empleó el sistema durante más de 3.800 horas y comunicó 1,96 millones de palabras. Su velocidad media fue de 56 palabras por minuto, una cifra que acerca esta tecnología a una conversación más natural que los sistemas basados en seleccionar lentamente letras o símbolos.

Harrell consideró que el 92% de las frases fueron interpretadas de manera correcta o mayoritariamente correcta. En tareas controladas, en las que debía repetir palabras mostradas en una pantalla, el sistema alcanzó una precisión superior al 99%.

En las conversaciones cotidianas, sin embargo, los resultados fueron más variables: el 53,3% de las frases salió completamente bien desde el primer intento. Otras tuvieron que ser corregidas o contenían algún error.

De una prueba científica a una herramienta cotidiana

Tras preparar el equipo, una tarea que requería unos 20 minutos y la ayuda de un cuidador, Harrell podía utilizarlo sin la presencia de los investigadores durante periodos de hasta 19 horas.
La estabilidad también fue importante. Las señales neuronales conservaron una calidad suficiente durante los 19 meses estudiados, mientras que los nuevos algoritmos redujeron el tiempo necesario para recalibrar el sistema.

El participante terminó eligiendo esta interfaz como su principal herramienta para comunicarse y controlar el ordenador. La utilizó para hablar con familiares, amistades, compañeros de trabajo y profesionales sanitarios.


Para una persona con ELA avanzada, recuperar la comunicación permite mucho más que escribir mensajes. Significa poder expresar dolor, necesidades, emociones y decisiones, y participar de nuevo en conversaciones personales y profesionales.

El sistema todavía es experimental y los resultados proceden de una sola persona. Requiere cirugía, ayuda diaria y un equipo voluminoso, y su precisión disminuye en conversaciones espontáneas.

Los próximos pasos serán probarlo en más pacientes y desarrollar dispositivos más pequeños, sencillos e inalámbricos. Aunque aún está lejos de un uso general, el estudio demuestra que estas interfaces empiezan a ofrecer una comunicación útil y estable fuera del laboratorio.

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